PAISSE (paisse@yahoo.es)

"¿No ves que la finalidad de la Neolengua es limitar el alcance de del pensamiento?" (1984, George Orwell)

15 diciembre 2011

La era de la Incertidumbre


He perdido ya la cuenta de todas las veces que mis verdades absolutas e inamovibles se han desplomado estrepitosamente ante mis ojos. Uno tiende a pensar que esas duchas de realidad con agua fría tienen cierto poder terapéutico: todos aprendemos a base de golpes y decepciones, tropiezos necesarios que tienen la virtud de reconducirnos por el buen camino. El aprendizaje de la vida.

Pero... ¿Y si todo eso fuera solo una ilusión?


Yo nací en una familia de trabajadores y crecí en un entorno privilegiado, sólido y estable, regido por unas cuantas normas sencillas y lógicas. La primera: para conseguir algo hay que esforzarse. El trabajo (palabra que adquiría tintes sagrados) era la base de casi todo. Por eso nos aseguraron que trabajando duro, actuando con honestidad y respetando a la gente alcanzaríamos el éxito personal, entendido éste como la consecución de un buen trabajo y la posibilidad de prosperar a todos los niveles.

No había otro camino, ni fórmulas mágicas. Al que tomaba atajos no se le consideraba un triunfador ni un genio, sino un tramposo que huía de sus deberes y al que la vida acabaría castigando con un sonoro fracaso.

Estas normas con las que fui educado en casa y que yo adopté casi como un credo personal, han resultado ser eficaces solo a medias. Yo, y muchos como yo, nos sentimos en cierto modo estafados.

Stefan Zweig nació casi cien años antes que yo en otro lugar del mundo, otra sociedad. Se crió en el seno de una acomodada familia de origen judío en Viena, cuando esta ciudad refulgía como la gran capital de un poderoso imperio, grande, fuerte, sólido y seguro. Ya de adulto, escribió esto sobre la generación de sus padres, quienes le transmitieron unos códigos y una visión del mundo no demasiado alejada de la que recibí yo:

"Para los hombres de hoy, que hace tiempo excluimos del vocabulario la palabra seguridad, nos resulta fácil reírnos de la ilusión optimista de aquella generación cegada por el idealismo (...) Sin embargo, por alguna razón misteriosa, lo que un hombre durante su infancia ha tomado de la atmósfera de la época y ha incorporado a su sangre, perdura en él y ya no se puede eliminar (...) Hoy, cuando ya hace tiempo que la gran tempestad lo aniquiló, sabemos a ciencia cierta que aquel mundo de seguridad fue un castillo de naipes. Sin embargo, mis padres vivieron en él como en una casa de piedra." (1)

Con esta panoplia obsoleta hemos sido arrojados a un mundo que se tambalea: la tierra tiembla bajo nuestros pies. Nos ha tocado vivir en la Era de la Incertidumbre donde todo muta a una velocidad demasiado rápida para que podamos digerir los cambios. Ya no hay nada cierto, ni seguro, ni inmortal.

Ahora, la clave del éxito (es decir, la supervivencia) reside en seguir otras normas, diferentes a las que nos enseñaron: vencer el miedo que la incertidumbre genera, adaptarse a los cambios y no bajar nunca la guardia. Seguir a pies juntillas la vieja máxima darwinista de que "solo los que se adaptan al medio sobreviven". El gran reto es conseguirlo conservando, a pesar de todo, la capacidad de ser felices.

(1) Extracto de "El Mundo de Ayer", de Stefan Zweig

9 comentarios:

Ocón dijo...

Hola Daniel, son palabras que habré dicho no tan bien.
Lo posteo, con tu permiso.

Un saludo

Alejandro dijo...

¡Dios te libre de vivir tiempos interesantes!

Un saludo

Juan Luis Calbarro dijo...

Un magnífico resumen de la época decadente que vivimos. Echo en falta sólo (pero porque no era el asunto, no porque los ignores, que me consta que no) una alusión a los valores. Unos valores cuya erradicación en lo individual y en lo colectivo nos ha colocado en la situación en la que estamos inmersos. Y unos valores sin cuyo concurso no saldremos de ella. Algunos los manifiestas en el artículo. Al final, la solución de la crisis (una solución que nos convenga a todos, claro está) pasa necesariamente por ese incómodo peaje que es la ética...

Daniel Terrasa dijo...

Saludos para vosotros también y gracias por visitarme a pesar de mis largas ausencias en la blogosfera.

Jorge Arturo Muñoz dijo...

Daniel: si te han gustado las memorias de Zweig, no dudes en leer también la parte de las de Sándor Márai,que tituló "¡Tierra, tierra!"

Aparte de estar fenomenalmente escritas, no sólo te sentirás identificado, sino que reforzarás tus -nuestras- convicciones liberales. El paralelismo entre Zweig y Márai consiste en que uno sufrió las consecuencias del nacionasocialismo, y el otro las del comunismo.
Saludos y felices fiestas.

Daniel Terrasa dijo...

Dos caras de la misma moneda, Arturo. Como siempre tomo buena nota de tus recomendaciones.

Buenas fiestas para ti también

Anónimo dijo...

Mucho hablar de ética, principios, valores, pero, en cuanto nos despistamos, al cambalache para forma grupo propio, que más da, si nos prestan un diputado. Lamentable los de UPyD, todo para trincar pasta…

Oroel dijo...

El termómetro, un artilugio tan simple, tardó sesenta años en desarrollarse desde que se descubrió el fenómeno y alguien tuvo la idea original hasta que fue instrumento realmente útil. ¿Qué ha pasado en el mundo en los últimos sesena años?

Leí hace tiempo que era la generación de nuestros abuelos había sido la que más cambios había experimentado, pues pasaron de alumbrarse con quinqué a hacerlo con la electricidad, y muchos aún llegaron a ver la televisión y la llegada del hombre a la Luna. Pero eso fue hace tiempo. Ahora, ya sin duda, es la nuestra la que ha visto más cambios. Nada es igual de un año a otro.

Ofloda dijo...

Extraordinario, lo suscribo totalmente.